El antiproducto parte de un insight: todos queremos la miel sin la hiel. Para ponerlo en realidades cotidianas, podemos afirmar que, por ejemplo, todos queremos comernos un postre, pero no queremos engordar. Nos gustaría tomar café, pero no desvelarnos en la noche. Soñamos con la grasa, los fritos y los alimentos apanados, pero no queremos las consecuencias cardiovasculares. Deseamos alimentos con sal, es decir, con su sabor resaltado en su máxima potencia, pero no queremos sufrir de la tensión, ni del corazón… así de simple.

 

Como respuesta a esta realidad el marketing ha llegado al concepto de antiproducto, el cual parte del principio del sí pero no. Sí te doy sal pero será baja en sodio, sí te ofrezco azúcar pero no engorda, sí tienes el café pero te damos la versión descafeinada, sí puedes tomar leche porque ahora viene deslactosada, sí puedes consumir mantequilla, porque… no vas a creer que no es mantequilla 🙂